Saturday, September 10, 2011

Segunda parte del viaje a España







Pero todavía nos faltaba una parte que no estaba en nuestros mapas, una zona diría desconocida. De Sevilla hacia el norte, luego de un par de horas en una carretera custodiada por la belleza de los girasoles y esa luz del día que nos acompañó durante todo el viaje, llegamos hasta la ciudad de Cáceres, de la que no sabíamos sino que era patrimonio de la Humanidad y que ahí vivía José María Cumbreño Espada, fiel corresponsal desde la península. Entramos y, por supuesto, nos perdimos. En un principio Cáceres nos pareció una ciudad como cualquier otra, con el paseo de Cánovas flanqueado a mabos lados por una frondosa vegetación y recorrido por lo que parecían los últimos combatientes de la Guerra Civil y los consabidos padres paseando a sus niños en bicicleta. Pero luego pasó a recogernos José María, de ahora en adelante Chema, y su esposa y amiga y compañera, María José Garrido, en lo que sigue Chose. Venían acompañados de manu e Irene, sus dos hijos que de ahí en adelante se nos unirían a nuestros paseos por la ciudad y sus alrededores. Creo que ya dije que Cáceres me parece la ciudad más hermosa que he conocido en mi vida, pero por si no lo he dicho, aquí va: Cáceres me parece la ciudad más hermosa que he conocido. Por la generosidad de mi familia y otros azares de la vida, he tenido la fortuna de conocer otros lugares que pueden sonar más rimbombantes, o que por lo menos resultan más favorecidos en cualquier catálogo turístico. O tal vez no sea la más hermosa, tal vez debiera ponerlo así: es, junto a Santiago, Cleveland y Iowa City, la que más quiero. Eso sí, ahí queda mejor. El afecto viene de haber tenido la oportunidad de conocer una de las pocas ciudades, tal vez la única, pero de eso no puedo dar fe absoluta, cuyo casco histórico, con edificaciones que datan de los siglos XV y XVI, se mantiene en su totalidad en perfecto estado, a diferencia de otras ciudades, aun cuando imponentes, como Roma, donde las ruinas (bastante más antiguas, muchas de ellas) están desperdigadas por el entorno de la ciudad. Pero no se trata sólo de una imaginación patrimonial, no sólo es una admiración por el pasado.
Cáceres fue también una experiencia culinaria, la oportunidad de aprender a comer un poquito mejor de lo que un cavernícola acostumbrado a las papas fritas, como este servidor, conocía hasta ese entonces. Describir lo que pasó delante de mis ojos y se perdió por nuestra boca es tarea para plumas más avezadas y paladares refinados. Yo sólo puedo enumerar esos platos y esos productos que me dejaron (aquí es explícita la comparación) con la boca abierta. El "Secreto ibérico", por dar sólo una constancia, que si lo quisiéramos equiparar al jamón vulgar y silvestre que uno conoce, sería más o menos como hacer la equivalencia entre Ronaldo (Ronaldo Luis Nazario da Lima) y Manolito Neira, es básicamente carne de cerdo, un cerdo silvestre y alimentado sólo con bellotas, que puede ser preparado en una y mil recetas, pero que siempre tendrá esa textura única del animal criado con cuidado y tiempo, con dedicación y esmero.
Pero si estamos hablando de platos únicos, no puedo dejar de nombrar al que me pareció el mejor de todos, el que de lejos es el que seguré recordando durante años. Setas con salsa a la romana, una exquisitez que incluso el paladar de este cavernícola supo apreciar. Como confieso que mi conocimiento de los intríngulis de los ingredientes y las recetas es nulo, sólo puedo agregar que fue un momento glorioso e impagable. Tal cual.
Si hubiera que agregarle algo, si hubiera que ponerle una guinda a la torta, sería nuestro recorrido por el museo de Vostell, de donde están tomadas las dos fotografías que se ven arriba. Ubicado en Malparida de Cáceres, el museo alberga obras del alemán Wolf Vostell (1932-1998), esa pieza fundamental del movimiento Fluxus y el Neo-Dadá. El anti-arte o como sea que se le llame a lo que hace Vostell (los discursos y las etiquetas me asquean, pero tengo que seguir hablando), incluye a la entrada de su museo un auto con patas de araña (id est, ocho brazos mecánicos) lavando permanente unos platos de loza blanca ("
Fiebre del automóvil", 1973). El auto parece sacado de una película de los setenta. Más allá hay otro auto de los setenta (que en alguna época, probablemente los setenta, fue un último modelo y un símbolo de status) hundido entre ladrillos y, justo al lado, un televisor donde se nos muestra el video del "apedreo" o enladrillado del coche en algún momento de 1982, por obra de los ayudantes de Vostell: al fondo, una pared tapizada (sic) con motos -el mismo modelo que usara la policía franquista- titulada El fin de Parzival; este tapiz, pensado original y literalmente por Salvador Dalí, en 1929, como el fin de Parsifal, la ópera wagneriana, fue llevado finalmente a cabo por Vostell en 1988, en estrecha colaboración con el catalán. Para dar una idea un poco más cercana a lo que uno ve cuando entra a este museo, hay que tener en cuenta que este último se ubica en lo que antaño fue un lavadero de lana, centro de la actividad económica de la zona en los siglos XVIII y XIX; allí se esquilaba, trataba y pesaba la lana. Ubicado en Los Berruecos, donde las rocas graníticas que están allí desde quién sabe cuándo se contrastan con el agua de una presa rica en flora y fauna (las cigüeñas que anidan sobre la instalación de Vostell son parte de esa colaboración que buscaba el alemán). La sala de pesaje, que es ahora por donde se ingresa al museo y donde se ubican las obras de Vostell, no goza de mucha luz. El ambiente sombrío calza a la perfección con el ánimo "destructivo" de muchas de las instalaciones de Vostell. Sin embargo al fondo de la sala hay una puerta. Una pequeña puerta de madera, que hay que agacharse para cruzarla. Al salir, se sale a esto:



El impacto de esa luz es inolvidable.

Pero nada de esto lo habríamos descubierto de no ser por nuestros guías turísticos, devenidos amigos porque no hay otra manera de llamarlos. Los mencionados Chema y Chose, aunque la cosa parezca trabalenguas, se la jugaron al cien por ciento por darnos a conocer este territorio que de otro modo para nosotros aun sería una incógnita. Me quedo corto al describir la calidez y la generosidad de esta familia, para quienes va mi abrazo desde ya. Con Chema hay que sacarse el sombrero: aquellos que estén en Facebook o que naveguen por las páginas de los blogs literarios de España, ya habrán tenido noticia no sólo de los alcances de su poesía, sino de su incansable labor de difusión, ahora desde un proyecto editorial propio como son las Ediciones Liliputienses: se trata de ediciones de tiraje limitado (cincuenta ejemplares) de poesía hispanoamericana, donde cada una de las copias del libro es diferente a la otra (y por lo tanto no debería ni llamarlas copias), cuidadas antes que editadas por José María. Luis Antonio Guichard, Martín Gambarotta, Rocío Cerón y Gladys González son sólo algunos de los nombres que integran sus catálogo. Vale la pena tener estos libros en cuenta. La ganancia es segura. Sólo terminaré explicando que la primera fotografía a la izquierda, una de las que abre este post, es el título de la fotografía que la acompaña arriba, a la derecha. Una de esas esculturas de Vostell (quien dijo alguna vez que las moscas son una obra de arte), donde las cigüeñas no han resistido su deseo de cooperar, lo cual explica seguramente sus palabras.

2 comments:

i said...

Tu comentario me dio hambre y me hizo recordar la luminosidad de Toledo.
Menos mal que regresaste!!!

baudelaire3 said...

Y volvemos con todo!!!!!!!!!!!