Saturday, November 14, 2009

Chile mira a sus poetas (una semana en el país natal)


La mesa en la que me tocó participar en el Congreso de Poesía Chilena organizado por el Instituto de Letras de la U.C. (larga frase), no podía ser mejor. Mis acompañantes serían, para mi honra, Eugenia Brito, Sergio Mansilla y mi estimado Juan Manuel Silva Barandica. Y ahí estábamos, a las 10:15 de la mañana, en una sala de clases más o menos colmada, debatiendo de lo lindo en torno a ciertos temas de poesía chilena. Brito expuso sobre Marina Arrate, Sergio habló de los dilemas que enfrenta el discurso lírico en el contexto de una economía de mercado como la nuestra y el abajo firmante presentó algunas ideas en torno a cierta parte de la poesía más joven que se viene publicando en Chile, específicamente autores como Ángel Valdebenito, César Cabello Salazar, Enrique Winter y Rodrigo Arroyo, entre otros. Lo que me gustó en particular de esta mesa fue que, como en mucho tiempo no me había tocado presenciar en este tipo de congresos, hubo tiempo para el diálogo franco y la divergencia abierta, sin demasiada corrección de por medio ni miedo al debate. Acostumbrado como a mi pesar estoy al mundo asfixiante y políticamente correcto de la academia norteamericana, donde se cuida de pisarle los callos a todos y cada uno de los presentes para al final terminar no diciendo nada, aquí tuvimos la oportunidad de estar en completo desacuerdo, sin que por ello la conversación se viera interrumpida ni las partes en disputa se incomodaran. Al contrario: Sergio planteaba, creo que erradamente, que la poesía de las últimas décadas en Chile (y apuntaba especialmente sobre las últimas dos décadas) estaba escrita para especialistas y que había abdicado de su vocación comunicativa, lo que de por sí era de lamentar, según el autor de De la huella sin pie.
Por mi parte, me parecía y me parece equivocado suponer a priori que la poesía "deba" tener condiciones, funciones, mandatos: incluso si la tarea de la poesía tiene que ser la noble tarea de comunicar. Por lo demás, creo que hoy en día el discurso poético no ocupa ni circula por un espacio público, en el cual deba negociar su legibilidad (en los dos sentidos del término) a cambio de un supuesto valor de cambio. Al contrario. Me parece evidente que, en las actuales condiciones de vida de Chile y de buena parte del mundo, la literatura y especialmente la poesía tiene espacios específicos de circulación, en los que la legitimidad de un determinado discurso se logra y/o se pierde por las reglas de circulación y validez que ese mismo espacio se otorgue (incluso si esas reglas mantienen una relación de continuidad con la sociedad en su conjunto). Sergio Mansilla defendió consistentemente sus puntos de vista, abogando por una suerte de esencia de la poesía que debe ser defendida y por la cual los poetas deben velar si quieren que la poesía que escriben siga manteniendo resonancia. Con lo que he expresado aquí, yo -por mi parte- mantuve mi discrepancia. No creo, como he expresado en otros lugares, que la poesía deba ser defendida ni que haya que salvaguardar su esencia, idea que, por lo demás, no soy el único en defender.



También me tocó asistir a la mesa donde Marcial Huneeus habló certeramente, Kristeva de por medio, sobre Ciudadano, de Armando Rubio, mientras Roberto Onell lo hacía sobre David Preiss, Juan Cristóbal Romero y Rafael Rubio. Imperdible fue la presentación de Víctor Quezada sobre la crítica en las últimas dos décadas, donde se paseó por la reunión de Los náufragos que hiciera Javier Bello, el trabajo crítico de este servidor y, por último, Cantares, la antología firmada por Raúl Zurita. Digno de subrayar, sobre todo, el acento que pone Quezada en la relación -aun cuando no la defina con mucha precisión- entre literatura y sociedad, entre discurso crítico e historia, pues, como él mismo dice "si se quiere hablar y, es más, hablar con responsabilidad de una poesía en un tiempo determinado, nuestro presente, tenemos que hacerlo en la medida en que pensemos en estructurar un discurso histórico de la poesía en Chile". Sería difícil cerrar esta pequeña crónica con palabras más lúcidas que éstas.

Saludos,

CGO

Tuesday, October 13, 2009

Parientes lejanos





Ayer, en el marco del Congreso de poesía chilena de la UC (Chile mira a sus poetas), tuve la suerte de ver La colorina, el documental sobre Stella Díaz Varín que hicieran Fernando Guzzoni y Werner Giesen en el año 2008. O que lo estrenaron, para ser más exactos, el año 2008.
El documental gustó mucho porque la narrativa de Guzzoni y Giesen es capaz de centrarse en la heroína bohemia y amalditada que los directores quieren mostrar. Como valoración literaria de la obra de la Stella, no creo que este documental aporte mucho (especialmente si consideramos algunos de los epígonos de la poeta). Tampoco creo haya sido ese el espíritu de Guzzoni y Giesen. Pero si se trataba de enamorarse de una mujer corajuda y boquiabierta, de una belleza demasiado terrible, entonces los directores-guionistas de La colorina le achuntaron medio a medio. Circula todo tipo de gente por la producción. Desde Armando Uribe a Raúl Zurita, pasando por alguno que no pierde ocasión de subirse al carro de la victoria y de lo rentable y hacer su pequeña performance. Me dio por pensar en los malditos de hoy y compararlos con el árbol al que se pretenden arrimar.



No me corresponde a mí valorar la obra de la señora. No es este el lugar ni el momento. Siempre he sido medio fanático de su escritura y suscribo, en gran medida, lo que escribiera Lihn en el prólogo de Los dones previsibles. Ese abrazo de vida y muerte y sus deudas con cierto simbolismo y romanticismo de antigua cepa son su marca registrada. La leyenda que la acompaña se la llevó consigo misma, lo que no implica que su eco no se siga escuchando, probablemente cada día con más fuerza. Es peculiar la influencia creciente que ejercen estas dos figuras (tan) (aparentemente) contrapuestas, como Lihn y Díaz Varín. Los que saben tal vez puedan y quieran explicarlo.

En la mañana de ese mismo día había asistido a la conferencia de Pedro Lastra sobre "Marginalidad y poesía". Desfilaron por allí los nombres Líber Falco, Armonía Sommers, Omar Cáceres y otros ilustres de la poesía chilena e hispanoamericana que, en la relación del maestro, por A, B o C motivos terminaron siendo tardíamente reconocidos, en vida o póstumamente. Más allá de la erudición de Lastra, se traslucía allí un amor por la palabra escrita que a estas alturas parece insólito. Entre tanta performance y nuevos soportes, la poesía parece un tema en desuso y la marginalidad un vocablo acaparado por ciertas áreas fronterizas entre las humanidades y las ciencias sociales con una agenda muy definida que, por cierto, tiene poco que ver con lo que allí presentó Lastra. Alejado de cualquier pretensión culturalista y, de paso, de todos los afanes de la Academia, con su presentación se podía aprender una sola cosa: que la poesía va más allá de sus cultores y que, por mucho que estos se molesten en llevarla a sus molinos, la poesía sigue siendo una escurridiza presencia de doble filo que no sólo se mantiene reacia a las definiciones, sino también a todas esas capillas y modas, antiguas y/o novísimas, que buscan con denuedo atraerla para fines que suelen estar lejos de sus fines.

La Stella tenía no poco de vieja antipática y sacerdotisa profética. De Neruda escribió, tal vez definiendo de paso lo que entendía por la figura misma del poeta y de todos los poetas, estas palabras que me han servido para titular estas otras palabras: "Un hombre para quien todas las cosas son parientes lejanos". Digna heredera, santísima patrona, madre de todos los bastardos.

Nos vemos,

CGO

Saturday, September 26, 2009

Filthy Rich

Ahora que en Santiago va a celebrarse el Festival Santiago Negro, donde buena parte de lo mejor de la literatura policial en lengua castellana se dará cita, no está de más volver sobre algunas producciones que ponen el nombre del roman noir en un sitial de honor. Pero esta vez no se trata de hablar de las novelas de Heredia (i.e., de las novelazas de Díaz Eterovic) o de esas joyas del cine negro como El halcón maltés o, más recientemente, Asuntos pendientes antes de morir.
No, lo que toca ahora es hablar de la recientemente publicada Filthy Rich, de la cual pueden leer un pequeño adelanto, como para abrirles el apetito, aquí. Filthy Rich reúne a la pareja autorial de Brian Azzarello y el español Víctor Santos, guionista y dibujante respectivamente, quienes se dan a la tarea de entregarnos una graphic novel que tiene todos los ingredientes del más clásico guión policial: la femme fatal, el héroe trágico y ese instante de insensatez en el que una vida común y corriente, una vida vulgar y aburrida se transforma en cuestión de segundos en una pesadilla. Si bien todos estos elementos están en la trama de Filthy Rich, es el dibujo de Santos es el que se lleva la mayor parte del trabajo. Más que acompañar el guión, Santos sabe usar sabiamente los tonos y las sombras del blanco y negro para entregar el ritmo necesario al relato. Oscuro cuando tiene que ser oscuro, cálido cuando Junk, el protagonista, recuerda aquellos buenos viejos tiempos en que su estrella todavía brillaba y era la mayor estrella del fútbol americano universitario. Hasta que. Una rodilla. La fractura expuesta, la imposibilidad de volver a jugar en las grandes ligas y la cuesta abajo, para terminar como vendedor de autos, aunque en realidad lo tengan ahí como una especie de atracción turística. Richard Junkin ha terminado por convertirse en el payaso local. Hasta que, nuevamente hasta que, el dueño de la venta de autos donde Junkin "trabaja", la cadena más grande de venta de autos de la costa este, decide que ya no soporta tener que ver a su hija -Victoria- permanentemente en las páginas sociales, borracha y escandalosa como sólo ella sabe ser. Suficiente para un hombre respetable y con las necesarias conexiones políticas. So, that's all the work "Junk" has to do, to keep Vicky out of trouble. No big deal, right? Pronto, Junk se ve envuelto entre medio de gente demasiado ambiciosa y con demasiadas deudas, lo cual inevitablemente conduce a la producción de un cadáver. No se trata, por supuesto, de la búsqueda de un culpable ni de la resolución del enigma. Aquí no hay mansiones ni mayordomos en la campiña inglesa. Al contrario: el único puzzle es, como ha sido la fórmula del policial duro en los últimos sesenta años, la asignación de una culpabilidad moral, el chivo expiatorio que pueda sanar, a través de la resolución estética y/o formal, las heridas sociales que -lógico- quedan sin sanar.
La crítica ha sido bastante generosa e incluso indulgente con este libro de Azzarello y Santos. Nadie le niega sus pergaminos a Azzarello, mucho menos a Santos. Pero hay que reconocer que Azzarello se fue por la segura, sin apartarse ni un milímetro de los esquemas más conocidos del roman noir. Admitamos, si cabe en su defensa, que Filthy Rich es la primera entrega de una nueva colección de Vertigo, Vertigo Crime, y que en esa medida tenía que dar la nota alta y dejar sentado el canon de la colección. Concedido. Y es con este en mente que Filthy Rich vale su precio.
Sin embargo, me sigue pareciendo que la mejor ficción policial viene aún de más afuera, desde las páginas de un cómic que ni siquiera se reclama primariamente como policial, sino que cultiva una vertiente si se quiere étnica, violenta y mucho más realista, si es válido usar este adjetivo. Scalped, que ya va para su quinto tomo, próximo a publicarse en Octubre y de la cual ya hablamos aquí, da justo en el clavod e la renovación del género. Pongamos de lado el que sean cómics (y no novelas, novelas tradicionales, quiero decir) los que estén renovando el mundo del policial negro. La pregunta es: ¿Padura o, ya que estamos abriendo el compás, The Sopranos?, ¿Andreu Martin o The Wire?
Ahora que va a realizarse el Festival Santiago Negro, como señalábamos al principio de la nota, quisiera saber si alguno de los expertos irá a tocar, aunque sea de soslayo, alguno de estos temas.

Wednesday, September 16, 2009

¿En qué se parecen Roberto Bolaño y Frank Castle?


Hasta mediados de 1976, Frank Castle era un más o menos apacible ex-marine de los Estados Unidos, retirado luego de un largo tour en Vietnam y dedicado entonces a criar a su dos pequeños hijos junto a su esposa, Patricia. Sin embargo, un día de paseo familiar se transformaría pronto en una pesadilla. Mientras caminaban sin preocupación por los parques de Central Park, pulmón de Nueva York, la familia castle se vio envuelta en el fuego cruzado que abrieron sin miramientos dos grupos mafiosos que intentaban saldar antiguas cuentas. La primera en caer fue Patricia, luego la niña, la mayor de los hijos, que en los brazos de su padre, también herido, gritaba aterrorizada por ayuda. Murió en cosa de segundos, no sin que antes su padre captara todo el horror por el que pasó la niña en sus últimos momentos. No sabía que pasaba, sólo sabía que era algo muy malo si estaba llena de sangre y la mitad de su estómago estaba regado en la yerba. Castle, todavía en medio de la balacera, se arrastró hasta el menor de sus hijos, que yacía tendido con los ojos cerrados. Maravillado, creyó que el niño se había desmayado, porque no tenía señales de ninguna herida, hasta notar cómo la mano con que sostenía su cabeza se llenaba de sangre. La autopsia reveló que la bala entró limpiamente por la boca, sin dañar ningún otro tejido en su trayectoria hasta alcanzar la nuca del niño y, entre medio, reventarle el cerebro.
Fue entonces cuando Frank Castle dejó de ser Frank Castle y nació The Punisher. Este último, protagonista del cómic homónimo, es lo que en inglés se llama un vigilante, i.e., alguien que toma la ley en sus propias manos y se dedica a perseguir a los criminales, en una senda parecida, aunque no necesariamente equivalente, a la de los más tradicionales super-héroes.
The Punisher vio la luz allá por 1974, como un personaje secundario en The Amazing Spider-Man, el comic dedicado al Hombre Araña. Sin embargo, The Punisher pronto agarraría vuelo propio. Convertido a poco andar este personaje creado por Gerry Conway en un character que gozaba de la suficiente popularidad como para generar una publicación propia, lo que ocurrió a partir de 1986. Con altas y bajas, The Punisher ha tenido una larga lista de escritores, dibujantes, inkers y coloreadores (cada uno un proceso separado en muchas de estas ediciones), generando incluso spin-offs como las tres películas que se han hecho en torno al personaje y varios retcons (retroactive continuity, es decir, la modificación de hechos ya establecidos dentro de una serie narrativa). Pero a mí por lo menos la versión que más me gusta es la de Garth Ennis y Steve Dillon, la pareja creativa venida de Irlanda del Norte y que le ha dado un toque de realismo al personaje del que antes no gozaba. Realismo y actualidad, porque con Ennis escribiendo, The Punisher rara vez se ve envuelto en conflictos con otros personajes de comics, sino más bien resolviendo operaciones especiales en el Medio Oriente o golpeando a la mafia rusa en las calles de Nueva York. A la habitual violencia del personaje, ahora se le ha agregado un cierto sadismo y descontrol que sólo ha venido a acentuar los rasgos sicopáticos del personaje y ese filo-fascismo del que Ennis quisiera alejarse, pero -por la misma naturaleza del personaje- no puede.









¿Y dónde entra, aquí, Bolaño? No, por cierto, en los años de esta foto, tomada probablemente en sus últimos años en México o recién llegado a Europa. De seguro la fotografía no corresponde a la época en que Bolaño se convirtió en padre, cuando despuntaban los noventas. Todavía a la caza de premios literarios que le permitieran sustentarse como escritor, el novelista aún no había logrado esa respetabilidad que después le cayó encima y que tanto decía desdeñar. Sí había dado inicio, sin embargo, a un período en el que otras preocupaciones entrarían en su vida. En una entrevista que mantuvo con Ima Sanchís para el diario La vanguardia, de Barcelona, decía elocuentemente: "De niño era vulnerable, luego me hice muy resistente. Pero cuando tuve a mi hijo supe que todo era falso, que la vulnerabilidad es mi epicentro. Mis hijos me han hecho humano. Lo que me hace temblar es que puedan llegar siquiera a asomarse en lo que yo me sumergí". En otro lugar de ese libro de entrevistas que recoge gran parte de las que se le hicieran (Bolaño por sí mismo, Andrés Braithwaite, UDP Ediciones, 2006, Santiago de Chile), el autor de Estrella distante vuelve sobre el mismo tópico, sobre cómo le cambió la vida de la noche a la mañana al nacer sus hijos y, sobre todo, cómo ese sentimiento de invencibilidad se esfumó rápidamente con la presencia de Lautaro y Alexandra. Recuerdo así a vuelo de pájaro el horror que le producía a Ernesto Sábato, cuando sus hijos todavía eran pequeños, imaginárselos leyendo el horror que ilustran sus novelas y cómo haría cualquier cosa por ahorrarles esos pasajes.

Frank Castle, por su parte, también goza de cierta invulnerabilidad. Un ejército en sí mismo, esta especie de Rambo urbano dedicado a vengar la muerte de su familia liquidando a cuanto delincuente se le ponga por delante (mafiosos italianos, colombianos, rusos o de donde vengan, violadores, estafadores, ladrones de poca o de mucha monta, etc.) también se ve enfrentado a sus propios fantasmas, sus puntos débiles. El recuerdo de lo perdido y del ser humano que fue alguna vez siguen persiguiéndolo. En la serie The Punisher Max, cuya responsabilidad recae fundamentalmente sobre Garth Ennis -en tanto su guión es clave para la vitalidad del personaje- el volumen 9 (Long Cold Dark), pone a Castle frente a frente con uno de sus enemigos más temidos, Barracuda, a mothafucka nigga as bad as his ass, un ex-combatiente de Vietnam devenido un mercenario sanguinario como pocos. Buscando revancha de una antigua derrota que Castle le inflingiera, Barracuda logra dar con el paradero de otra hija de Castle, una de la que ni él mismo sabía que existiera, una hija que nació producto de una mujer que Castle conoció durante una misión secreta, mujer a la que nunca más volvió a ver. Barracuda rapta entonces a esta niña, con el fin de concretar la peor venganza posible, sacarle los ojos a la niña delante del mismo Castle. No importan mucho los detalles de la trama. Sí, en cambio, importan los cambios que la aparición de esta nueva hija producen en el personaje. The Punisher vuelve a ser Frank Castle. Como él mismo lo dice, una vez que emprende la búsqueda de Barracuda para recuperar a su hija: "It had been thirty years since I'd known the terror of being a parent" (Han pasado treinta años desde que conocí el terror de ser padre). Camino al inevitable encuentro con su enemigo, Castle rememora su estancia en Vietnam, durante la cual lo único que lo mantuvo alejado de la locura era el recuerdo de su mujer y de sus dos hijos. Del mismo modo recuerda el último día de ellos, cuando un paseo por el parque terminó en tragedia. Y, cierto o no, se vuelve a repetir que de haber estado más alerta, de haber sabido oler el peligro, podría haber protegido a su familia y haber evitado la matanza. Por lo mismo ahora no trepidará en hacer lo que sea necesario con tal de que su última hija esté a salvo. Y agrega: "Now here I was, driving cross-country for a daughter I found out about three days before. Was I really ready to face that fear again?" (Y heme aquí, cruzando el país por una hija de la que sólo vine a saber hace tres días. ¿De verdad estaba listo para enfrentar ese miedo otra vez?). Ojo que esto lo dice un ex-special ops, un asesino en serie que ha dedicado los últimos treinta años de su vida a torturar y asesinar criminales para limpiar las calles de una ciudad y, por extensión, para limpiar el país. Extirpar, en suma, el cáncer que está consumiendo a la sociedad. Si esto suena medio fascista, acertaron: lo es. Aquí no caben los matices. No podrían caber para un personaje como The Punisher. No para el verdadero héroe de estos tiempos. Y, en lugar de horrorizarnos por un personaje que no distingue entre un lanza que anda cartereando por el centro de la metrópolis, un violador de menores y los vicios de un sistema que ampara tales desviaciones, debiéramos preguntarnos en qué medida los tiempos que vivimos estimulan la respuesta de un personaje como Castle. Hasta donde no es Castle la mejor expresión de nuestra cultura. Bolaño en un extremo. The Punisher o Frank Castle en el otro, ambos atemorizados por la paternidad, intentando evitarles el horror a sus hijos. Uno se murió antes de tiempo. El otro sobrevivió a la tragedia, aunque fue incapaz de evitarla.

No me queda más que dejarlos con un poema de David Bustos, "Otoño con fiebre", y otro de Andrés Anwandter, "no sé cómo escribir que mi hija", ambos atingentes al tema.


Otoño con fiebre

Me enredo en los rayos de sol
que se cuelan por las cortinas.

El vecino barre las canaletas del techo
mientras su hija escribe un poema
con las hojas de este otoño.

Nadie puede agregar otro martilleo
a las ideas que caen de golpe.

Ágata tiene fiebre y la envuelvo en una
manta de lana con rectángulos, blanco, verde y rojo
que combinan con el color de sus juguetes.

Escucho música a un volumen apenas audible
el hilo de las notas y el hilo de los rayos de sol.
Tijeras que cortan en dos esta tarde
que difiere en todas las anteriores.

O sea he llegado a ser la mosca azul
que unta sus patas en las cortinas de velo
un vuelo claustrofóbico soleado
que me clava al mismo lugar
que he ocupado por años.
No hay ternura en los insectos atravesados por los alfileres.
La morfología del cuerpo sigue siendo la misma.

Una bandada de choroyes vuela con elegancia por el barrio.

La fiebre tendrá que bajar.



no sé cómo escribir que mi hija
sufrió un accidente

ni siquiera sé cómo
decirlo por teléfono

comunicar por ejemplo a mi jefa
qué pasó con la niña
colgando del brazo
mal genio
en una cola
después para pagar
su cabeza anestesiada
sobre el hombro

luego un taxi atravesando la ciudad
que parece sumergida en los recuerdos
musicales de la radio

se hizo un hoyo en la frente
con el tubo cortado del termo

pero no es nada grave recito
a cada persona que llama

y maldigo por dentro la fecha

por ahora los cerros
son fantasmas apenas
visibles detrás de
los bloques
la luna

ilumina el jardín comunitario
donde duermen los pájaros
gritan en sueños
a ratos
observo
al vecino del frente
encender la pantalla
nevada
a lo lejos
parece que asoma
el lomo erizado
de la cordillera
sobre los techos de zinc
pero es mentira

Thursday, September 03, 2009

Inéditos, Ángela Barraza





Henos aquí de vuelta con más poesía inédita. El turno es ahora de Ángela Barraza, editora de Fuga, quien actualmente forma parte del Taller de la Fundación Neruda. Está abierto, como de costumbre, el foro para hacer comentarios.


VI.-


Cuando yo era niña
mamá contaba en una mañana de domingo
que vio cadáveres flotando en el río Mapocho.
La última vez que pasé caminando por el Mapocho
vi a dos carabineros mirando el lecho del río
uno de ellos hablaba por celular
y se reía



VII.-



De niña aprendí el Himno de Carabineros
mientras afuera, en las protestas
les gritaban asesinos.
Para aprenderlo
lo ensayaba bajito
escondida entre las malezas del jardín.
Fue entonces cuando descubrí la culpa.


_________________



(Fragmento)


No es nuestra culpa, no
no es nuestra culpa la incapacidad de construir hogares
no es nuestra culpa la incapacidad de construir la segunda parte de la historia
no es nuestra culpa, no
no es nuestra culpa la incapacidad de volar
no es nuestra culpa la incapacidad de salir de las madrigueras de los padres
que a nuestra edad ya nos tenían a nosotros
no es nuestra culpa no,
no es nuestra culpa querer la profesión y luego la plata y luego la casa y luego el auto, y luego el perro y luego la compañía y luego darte cuenta que ya estás viejo para la guagua y para sacar la basura los martes y jueves, no
no es nuestra culpa seguir bajo la bata de mamá, que es la mejor de las fortalezas que nos heredara gracias al miedo.

Tuesday, August 18, 2009

La dimensión desconocida






Por primera vez me deprimí al ver las luces de Chicago desde un avión. Por lo común, ver las luces de la John Hancock Tower tiene un efecto beatífico en el viajero que soy: estamos cerca del aeropuerto, ya pronto vamos a llegar, hogar dulce, etc. Pero esta vez fue distinto. Venía dejando atrás un viaje a Cuba de dos semanas, donde me tocó pasar por cosas que para mí estaban olvidadas, como la censura férrea de los medios de comunicación (Internet incluido) y donde también conocí al otro lado de mi familia, mi parte cubana.

Me tocó una experiencia en cierto sentido (en realidad, en casi todos los sentidos) distinta a la del turista que visita la isla. Como muchos sabrán, mi mujer es cubana, su familia en su gran mayoría todavía reside allá y los lazos se mantienen estrechos a pesar de la tierra puesta de por medio. Por lo mismo, contraviniendo las reglas impuestas por el régimen, que no permiten que extranjeros se alojen en casas de cubanos (a no ser que se cuente con el necesario permiso para ello y se paguen los impuestos respectivos para arrendar piezas), estuvimos esos quince días en la casa de un pariente de Damaris. Me tocó vivir casi como un cubano más. Sin aire acondicionado, con el agua cortada parte del día, teniendo que luchar por todo: el portón hechizo donde guardar el auto, la gasolina comprada en dólares (la moneda allá es el peso cubano, pero también circulan mucho los CUC o chavitos, moneda equivalente al dólar), aunque la gente gane su sueldo en pesos, etc. Lo que me llamó mucho la atención: la falta de transporte, uno se levanta para entrar a las 8:00 a la pega, pero no sabe si va a llegar a las diez o a las once. No impotta: la gente hace como que trabaja porque el gobierno hace como que te paga, me dijo una amiga que hasta hace dos años atrás era editora en Casa de las Américas y ahora está haciendo su doctorado acá en Iowa. Todo el mundo, en realidad, hace como que hace algo. Hacen como que militan en el partido, pero en realidad no están ni ahí. Hace como que van a las protestas en contra de los yanquis, pero saben que si no van después el jefe en la pega les va a pedir explicaciones.

En ese contexto me pasé las dos semanas como el compañero esclavo. La ciudadana Puñales, quien me financió el viaje producto de una beca que se ganó aquí para hacer scholarly research en la isla, me tuvo de chofer a lo largo que no lo ancho de las carreteras, si vamos a llamarlas carreteras, del último enclave socialista de Occidente. De Matanzas a La Habana y de La Habana a Matanzas, desde Matanzas hasta Camagüey pasando por El Cotorro, Ciego de Ávila, Cienfuegos, Jatibonico, etc. Agramonte, Jovellanos, Jagüey grande, el Vedado, Miramar, Playa: me gradué de conductor en calles plagadas de hoyos, donde la educación vial es proporcional con la práctica democrática, en carreteras donde lo mismo se te cruza un tractor que una bicicleta, una vaca y/o un guajiro persiguiéndola.




Pero no me quejo: tuve la suerte de conocer Cuba, en lo que cabe, por dentro. Un poco más de primera mano que el resto de los visitantes. No tengo ni la más remota cercanía emocional con el país como la puede tener mi señora esposa, que hace seis años que no se avecindaba por esos pagos. Ergo el filtro emocional es muy distinto y estos apuntes al pasar no pretenden ni remotamente ser la crónica de un entendido. Apenas si las impresiones de viaje de alguien con algunos lazos con algunas personas en la República de Cuba. Tuve la suerte, por sobre todo, de acompañar a Damaris a entrevistar a algunos autores cubanos y meterme un poco más de lleno en la vida literaria y cultural cubana. Conocí, por ejemplo, a Oneyda González y Gustavo Pérez Fdez., documentalistas (aunque también poetas) de reconocido prestigio, con quien vimos su impactante Todas íbamos a ser reinas, en el que se retrata la vida de aquellas mujeres de las ex-repúblicas soviéticas que una vez caído el régimen comunista se vieron imposibilitadas, por diversas razones, de volver a sus respectivas naciones, quedando literalmente varadas en su exilio camagüeyano. El documental ha sido presentado en el exterior, pero debido a fuerzas misteriosamente poderosas está imposibilitado de circular al interior del país. También tuve el gusto de hablar con Juan Antonio García Borrero, un maestro de la crítica cinematográfica, autor de Intrusos en el paraíso. Los cineastas extranjeros en el cine cubano de los años sesenta y Bloguerías, donde recoge los textos publicados en su weblog, La pupila insomne. Xenia Reloba, antigua amiga de mi mujer de sus años de estudiante de periodismo, se encargó de pasearme por algunos lugares de La Habana mientras Dami estaba en su pega. Al Palacio del Segundo Cabo, sobre todo, donde pude regodearme comprando en su librería. Otra amiga a la que le debo y le debemos mucho es Laura Ruiz Montes, poeta y editora de Vigía, no sólo por su libro A qué país volver, sino por su tiempo y su ayuda y la publicación nuestros poemas y ensayos (de Damaris y míos) en la revista de Vigía, por lo cual siempre estaremos en deuda.

Cuba sería un país vivible si cambiaran algunas cosas que no le tomarían mucho ni demandarían demasiados recursos a nadie. No me cabe aquí, a este visitante, especular sobre las razones que impiden tales mejoras. A mí me parece obvio, sin embargo, que no es un tema que esté ligado exclusivamente con el bloqueo norteamericano. Las noticias de un caído esplendor son las únicas que uno puede tener cuando se pasea por lugares que antaño fueron hermosos y que todavía hoy evocan esa belleza, como son Matanzas, Camagüey, La Habana. La zona turística de la capital pareciera una triste metonimia de la Cuba contemporánea cuando, al salir de ese radio de algunas cuantas cuadras alrededor, de inmediato uno se topa con un solar donde las paredes se están cayendo a pedazos, como si se tratara de un lento y elaborado arte de hacer ruinas.


(La primera foto es del hierro de la prima de Damaris: la carrocería, en realidad, de un auto de 1956 que se aacaba de comprar por 5000 mil dólares. Tal cual. Ahora sólo le falta conseguirse el motor. La segunda es un guajiro laceando a un toro que se nos cruzó sin decir aguas van en medio de la carretera -digo, es un decir- de vuelta de Camagüey. La tercera es la irremplazable Laura.)

Thursday, July 30, 2009

Ribiera Maya




Carmen y yo estamos en el Ibero Star Playa Paraíso, un hotel a 40 minutos de Cancún. Evidentemente, invitados, porque plata pa' pagar ni por si acaso. Es, como espero puedan apreciar en las fotos, un lugar precioso. Estamos en el departamento de Dare y Jose, amigos cubanos de la infancia. Su generosidad es proverbial y nuestra deuda, ídem. Vamos en camino a La Habana, porque por esta vía sale más barato que salir desde Miami: Iowa, aquí va una pequeña aclaración geográfica, está en el centro norte del Imperio, cerca de Chicago. Tres horas nos tomó desde allí hasta este lugar de México. Tres horas y mucho menos dinero que si hubiéramos manejado/volado hasta Miami, que allá en la Florida es una distancia considerable desde el Heartland, el Midwest: todo ese universo White Trash: maíz, WEC (World Extreme Cage), cristianismo y otras vainas por el estilo.
Mañana partimos rumbo al "paraíso socialista". Entre otras de las exclusividades que ofrece la isla, está el acceso restringidísimo a internet y las consabidas dificultades en el transporte. El primer objetivo será Casa de Las Américas, después F y 3ra, la Facultad de Periodismo, las escaleras de la Casa Central de la Universidad de La Habana y el resto ya veremos despuéssss.

Nos vemos a la vuelta,

CGO