
El subtítulo de esta nota va en serio. Ojalá que nadie se entretenga en desparramar su mala leche en forma gratuita. Este es, por decirlo de alguna manera, un post privado, personal. Fui a Rapid City el pasado fin de semana; en realidad partí el jueves pasado, junto a la gente con que entreno, en un viaje de doce horas manejando a través de Iowa y South Dakota: Siouxland, como también se le conoce a este último estado.

El paisaje no ofrece grandes maravillas. Las planicies del Midwest se extienden a lo largo de casi todo el recorrido, sumergiéndolo a uno en una monotonía que sólo se suspende cuando las nubes anuncian la inminencia de un tornado o alguna de esas puestas de sol sacadas de una postal, las que sin embargo siguen siendo sobrecogedoramente hermosas. Y punto. Poco más que agregar a esos restos del sol cayendo a través del horizonte de nimbos y cúmulos donde las praderas esconden las reservaciones indígenas y la pobreza circundante. Todas las peculiaridades, tristezas y rarezas del midwest, the heartland, están contenidos en este viaje: desde un pueblito como Mount Vernon, en South Dakota, donde el gran orgullo local (tanto como para tenerlo anunciado en la entrada del pueblo) son -o fueron, en realidad- las basquetbolistas de la escuela secundaria de la temporada 2004-2005, campeonas estatales en ese período. Probablemente en Mount Vernon, SD, ese hito será recordado por el próximo par de décadas. No importa (mucho) lo que vaya a pasar en el resto del mundo, en el pueblo seguirán recordando a las Fillies y su triunfo deportivo. Y tal vez la vida vaya mejor así. No soy yo, por lo menos, el llamado a juzgarlos.
Más allá, varios anuncios camineros promocionan como la gran atracción turística de la zona, el único castillo en el mundo construido exclusivamente con maíz (sic). Tal cual. En el pueblo de Miller, SD, se puede ver este castillo que todavía permanece para mí como una incógnita, ya que no nos desviamos del camino para admirar tamaño acontecimiento arquitectónico.

Promediando South Dakota rumbo al oeste, paulatinamente se va acentuando la percepción de estar en otra zona, en un espacio diferente de Estados Unidos. En tierras indias, los símbolos del búfalo y las caravanas, los cowboys y los remanentes del mundo indígena se hacen más y más evidentes. Hay pequeños pueblos reconstruidos por completo al estilo del Far West. Museos dedicados al universo de los Sioux. Múltiples ciudades con nombres indígenas. Y praderas. Y más praderas. Antiguas minas de oro. Cuando ya hemos manejado más de once horas por la 29 West, se empiezan a ver las primeras luces, a lo lejos, de lo que debe ser Rapid City.
Allí nos alojamos en un hotel del centro, mucho mejor de lo que hubiera esperado por 65 dólares la pieza. Un milagro de esos que sólo ocurren en los lugares menos visitados de este país. Esa noche sólo llegamos a dormir. Al día siguiente, en lugar de ir Mount Rushmore, donde están tallados los bustos de Roosevelt, Lincoln, Washington y Jefferson (lejos la mayor atracción turística de la zona), tengo que seguir con mi papel de esclavo y quedarme en un café trabajando en un paper. La vida es bella y el café no estaba nada de malo. Después, cuando mis compañeros ya han vuelto en la tarde de su visita, nos vamos al gimansio donde vamos a entrenar.
Nos dirigimos a la escuela de Jukyte-Jujitsu in Rushmore. Allí nos recibe el Sensei Doug Langworthy, que dirige el dojo de esa ciudad. En general la recepción fue muy típica del Midwest: afectuosa, cálida, etc. Una bienvenida acorde con la situación, a saber: reunir y concretar la Federación de Jukyte-Jujitsu a nivel nacional. Hay, obviamente, otras federaciones y/o asociaciones de Jujitsu en EE.UU.; ninguna, sin embargo, de Jukyte. Como la ocasión lo ameritaba, quien trajo originariamente este arte a los Estados Unidos estaba allí presente, el fundador, si se quiere, del Jukyte en este país, O'Sensei Claude Woodson, aquí en la foto.

O'Sensei Woodson no debe pasar del metro sesenta y cinco. Seguramente ronda los 65, 70 años. En la década del sesenta y del setenta, formó entre otros a Robert Brooks (mi sensei, en la primera foto), Al Salazar (9th degree, black belt Jukyte Jujitsu), Doug Langworthy, Richard Usera y otros. Ahora se trata de que su legado se mantenga intacto. En los tres entrenamientos a los que asistí y que él dirigió, tuve la suerte de escuchar y ver a un verdadero maestro. Todo lo que había aprendido de mi sensei, oído ahora de la fuente original. Aunque, es sabido, poco puede haber de original en un arte milenario. El estilo, sin embargo, de Woodson, era algo que valió la pena presenciar. La fluidez, la sinceridad y la naturalidad de lo que ejecutado por otros sería simple violencia y fuerza bruta, eran ahora la perfecta coordinación de un espíritu y un cuerpo en movimiento, que lo mismo es decir en continua meditación. Digno de verse: digno de ser recordado.
Después, en la cena de despedida, todo fue homenajes para O'Sensei y conversaciones más o menos intrascendentes y de buena crianza. La comida, eso sí, impecable. Lo que hubiera sido interesante hubiera sido tomar alguna foto del lugar, un restaurante enclavado en un pueblo (Rockersville) de no más de veinte casas, que más parecía la locación de una película del lejano oeste. La entrada del mentado restorán era, lógico, de puerta batiente. Adentro una mesa llena de motoqueros, con sus Harleys estacionadas en línea allá afuera. Y los televisores y los tragamonedas y las mesas de pool y toda la escenografía de cualquier towny bar de Norteamérica. Quienes hayan visto alguna vez los Duke de Hazzard, pueden imaginarse ese ambiente como un reflejo fiel de Rockersville, en la lejana Dakota del Sur.
Las doce horas conduciendo de vuelta casi ni se sintieron.








