
Hasta mediados de 1976, Frank Castle era un más o menos apacible ex-marine de los Estados Unidos, retirado luego de un largo tour en Vietnam y dedicado entonces a criar a su dos pequeños hijos junto a su esposa, Patricia. Sin embargo, un día de paseo familiar se transformaría pronto en una pesadilla. Mientras caminaban sin preocupación por los parques de Central Park, pulmón de Nueva York, la familia castle se vio envuelta en el fuego cruzado que abrieron sin miramientos dos grupos mafiosos que intentaban saldar antiguas cuentas. La primera en caer fue Patricia, luego la niña, la mayor de los hijos, que en los brazos de su padre, también herido, gritaba aterrorizada por ayuda. Murió en cosa de segundos, no sin que antes su padre captara todo el horror por el que pasó la niña en sus últimos momentos. No sabía que pasaba, sólo sabía que era algo muy malo si estaba llena de sangre y la mitad de su estómago estaba regado en la yerba. Castle, todavía en medio de la balacera, se arrastró hasta el menor de sus hijos, que yacía tendido con los ojos cerrados. Maravillado, creyó que el niño se había desmayado, porque no tenía señales de ninguna herida, hasta notar cómo la mano con que sostenía su cabeza se llenaba de sangre. La autopsia reveló que la bala entró limpiamente por la boca, sin dañar ningún otro tejido en su trayectoria hasta alcanzar la nuca del niño y, entre medio, reventarle el cerebro.
Fue entonces cuando Frank Castle dejó de ser Frank Castle y nació The Punisher. Este último, protagonista del cómic homónimo, es lo que en inglés se llama un vigilante, i.e., alguien que toma la ley en sus propias manos y se dedica a perseguir a los criminales, en una senda parecida, aunque no necesariamente equivalente, a la de los más tradicionales super-héroes.
The Punisher vio la luz allá por 1974, como un personaje secundario en
The Amazing Spider-Man, el comic dedicado al Hombre Araña. Sin embargo, The Punisher pronto agarraría vuelo propio. Convertido a poco andar este personaje creado por Gerry Conway en un
character que gozaba de la suficiente popularidad como para generar una publicación propia, lo que ocurrió a partir de 1986. Con altas y bajas, The Punisher ha tenido una larga lista de escritores, dibujantes, inkers y coloreadores (cada uno un proceso separado en muchas de estas ediciones), generando incluso spin-offs como las tres películas que se han hecho en torno al personaje y varios retcons (retroactive continuity, es decir, la modificación de hechos ya establecidos dentro de una serie narrativa). Pero a mí por lo menos la versión que más me gusta es la de Garth Ennis y Steve Dillon, la pareja creativa venida de Irlanda del Norte y que le ha dado un toque de realismo al personaje del que antes no gozaba. Realismo y actualidad, porque con Ennis escribiendo, The Punisher rara vez se ve envuelto en conflictos con otros personajes de comics, sino más bien resolviendo operaciones especiales en el Medio Oriente o golpeando a la mafia rusa en las calles de Nueva York. A la habitual violencia del personaje, ahora se le ha agregado un cierto sadismo y descontrol que sólo ha venido a acentuar los rasgos sicopáticos del personaje y ese filo-fascismo del que Ennis quisiera alejarse, pero -por la misma naturaleza del personaje- no puede.

¿Y dónde entra, aquí, Bolaño? No, por cierto, en los años de esta foto, tomada probablemente en sus últimos años en México o recién llegado a Europa. De seguro la fotografía no corresponde a la época en que Bolaño se convirtió en padre, cuando despuntaban los noventas. Todavía a la caza de premios literarios que le permitieran sustentarse como escritor, el novelista aún no había logrado esa respetabilidad que después le cayó encima y que tanto decía desdeñar. Sí había dado inicio, sin embargo, a un período en el que otras preocupaciones entrarían en su vida. En una entrevista que mantuvo con Ima Sanchís para el diario La vanguardia, de Barcelona, decía elocuentemente: "De niño era vulnerable, luego me hice muy resistente. Pero cuando tuve a mi hijo supe que todo era falso, que la vulnerabilidad es mi epicentro. Mis hijos me han hecho humano. Lo que me hace temblar es que puedan llegar siquiera a asomarse en lo que yo me sumergí". En otro lugar de ese libro de entrevistas que recoge gran parte de las que se le hicieran (
Bolaño por sí mismo, Andrés Braithwaite, UDP Ediciones, 2006, Santiago de Chile), el autor de
Estrella distante vuelve sobre el mismo tópico, sobre cómo le cambió la vida de la noche a la mañana al nacer sus hijos y, sobre todo, cómo ese sentimiento de invencibilidad se esfumó rápidamente con la presencia de Lautaro y Alexandra. Recuerdo así a vuelo de pájaro el horror que le producía a Ernesto Sábato, cuando sus hijos todavía eran pequeños, imaginárselos leyendo el horror que ilustran sus novelas y cómo haría cualquier cosa por ahorrarles esos pasajes.

Frank Castle, por su parte, también goza de cierta invulnerabilidad. Un ejército en sí mismo, esta especie de Rambo urbano dedicado a vengar la muerte de su familia liquidando a cuanto delincuente se le ponga por delante (mafiosos italianos, colombianos, rusos o de donde vengan, violadores, estafadores, ladrones de poca o de mucha monta, etc.) también se ve enfrentado a sus propios fantasmas, sus puntos débiles. El recuerdo de lo perdido y del ser humano que fue alguna vez siguen persiguiéndolo. En la serie The Punisher Max, cuya responsabilidad recae fundamentalmente sobre Garth Ennis -en tanto su guión es clave para la vitalidad del personaje- el volumen 9 (Long Cold Dark), pone a Castle frente a frente con uno de sus enemigos más temidos, Barracuda, a mothafucka nigga as bad as his ass, un ex-combatiente de Vietnam devenido un mercenario sanguinario como pocos. Buscando revancha de una antigua derrota que Castle le inflingiera, Barracuda logra dar con el paradero de otra hija de Castle, una de la que ni él mismo sabía que existiera, una hija que nació producto de una mujer que Castle conoció durante una misión secreta, mujer a la que nunca más volvió a ver. Barracuda rapta entonces a esta niña, con el fin de concretar la peor venganza posible, sacarle los ojos a la niña delante del mismo Castle. No importan mucho los detalles de la trama. Sí, en cambio, importan los cambios que la aparición de esta nueva hija producen en el personaje. The Punisher vuelve a ser Frank Castle. Como él mismo lo dice, una vez que emprende la búsqueda de Barracuda para recuperar a su hija: "It had been thirty years since I'd known the terror of being a parent" (Han pasado treinta años desde que conocí el terror de ser padre). Camino al inevitable encuentro con su enemigo, Castle rememora su estancia en Vietnam, durante la cual lo único que lo mantuvo alejado de la locura era el recuerdo de su mujer y de sus dos hijos. Del mismo modo recuerda el último día de ellos, cuando un paseo por el parque terminó en tragedia. Y, cierto o no, se vuelve a repetir que de haber estado más alerta, de haber sabido oler el peligro, podría haber protegido a su familia y haber evitado la matanza. Por lo mismo ahora no trepidará en hacer lo que sea necesario con tal de que su última hija esté a salvo. Y agrega: "Now here I was, driving cross-country for a daughter I found out about three days before. Was I really ready to face that fear again?" (Y heme aquí, cruzando el país por una hija de la que sólo vine a saber hace tres días. ¿De verdad estaba listo para enfrentar ese miedo otra vez?). Ojo que esto lo dice un ex-special ops, un asesino en serie que ha dedicado los últimos treinta años de su vida a torturar y asesinar criminales para limpiar las calles de una ciudad y, por extensión, para limpiar el país. Extirpar, en suma, el cáncer que está consumiendo a la sociedad. Si esto suena medio fascista, acertaron: lo es. Aquí no caben los matices. No podrían caber para un personaje como The Punisher. No para el verdadero héroe de estos tiempos. Y, en lugar de horrorizarnos por un personaje que no distingue entre un lanza que anda cartereando por el centro de la metrópolis, un violador de menores y los vicios de un sistema que ampara tales desviaciones, debiéramos preguntarnos en qué medida los tiempos que vivimos estimulan la respuesta de un personaje como Castle. Hasta donde no es Castle la mejor expresión de nuestra cultura. Bolaño en un extremo. The Punisher o Frank Castle en el otro, ambos atemorizados por la paternidad, intentando evitarles el horror a sus hijos. Uno se murió antes de tiempo. El otro sobrevivió a la tragedia, aunque fue incapaz de evitarla.
No me queda más que dejarlos con un poema de David Bustos, "Otoño con fiebre", y otro de Andrés Anwandter, "no sé cómo escribir que mi hija", ambos atingentes al tema.
Otoño con fiebreMe enredo en los rayos de sol
que se cuelan por las cortinas.
El vecino barre las canaletas del techo
mientras su hija escribe un poema
con las hojas de este otoño.
Nadie puede agregar otro martilleo
a las ideas que caen de golpe.
Ágata tiene fiebre y la envuelvo en una
manta de lana con rectángulos, blanco, verde y rojo
que combinan con el color de sus juguetes.
Escucho música a un volumen apenas audible
el hilo de las notas y el hilo de los rayos de sol.
Tijeras que cortan en dos esta tarde
que difiere en todas las anteriores.
O sea he llegado a ser la mosca azul
que unta sus patas en las cortinas de velo
un vuelo claustrofóbico soleado
que me clava al mismo lugar
que he ocupado por años.
No hay ternura en los insectos atravesados por los alfileres.
La morfología del cuerpo sigue siendo la misma.
Una bandada de choroyes vuela con elegancia por el barrio.
La fiebre tendrá que bajar.
no sé cómo escribir que mi hijasufrió un accidente
ni siquiera sé cómo
decirlo por teléfono
comunicar por ejemplo a mi jefa
qué pasó con la niña
colgando del brazo
mal genio
en una cola
después para pagar
su cabeza anestesiada
sobre el hombro
luego un taxi atravesando la ciudad
que parece sumergida en los recuerdos
musicales de la radio
se hizo un hoyo en la frente
con el tubo cortado del termo
pero no es nada grave recito
a cada persona que llama
y maldigo por dentro la fecha
por ahora los cerros
son fantasmas apenas
visibles detrás de
los bloques
la luna
ilumina el jardín comunitario
donde duermen los pájaros
gritan en sueños
a ratos
observo
al vecino del frente
encender la pantalla
nevada
a lo lejos
parece que asoma
el lomo erizado
de la cordillera
sobre los techos de zinc
pero es mentira