
Acaba de salir campeón la U, haciendo un torneo que ya se lo quisiera cualquiera. De la misma importancia, por lo menos, que el '91 con la Libertadores, dicho sea de paso. Será difícil retener a Vargas, Aránguiz y Matías Rodríguez, entre otros, pero ojalá se pueda hacer el esfuerzo. Escribo esto mientras no me canso de celebrar solo en Cleveland, donde nadie entiende que salga afuera con cero grados llevando una polera que dice Salas, U y 11. Qué más dá. Escribo esto, también, mientras mis queridísimos Manuel Gutiérrez Liebana y el incomparable Pedro Montealegre se aprontan a volver a Chile. Fiestas y matrimonios los esperan. Si estuviera en Chile les ofrecería mi casa como ellos nos ofrecieron la suya:
después de abandonar nuestro feudo en Cáceres, salimos manejando en nuestro tocomocho arrendado y económico rumbo a Valencia, pasando por Castilla y las afueras de Madrid, que la vimos desde la carretera. Cruzamos España de palmo a palmo en siete horas, con una sola parada a tomar café. José Donoso recomienda (y yo le creo a José Donoso, diga lo que diga Bolaño) que no hable de arbustos sino del pitosporo. No existen, según él, las enredaderas. Lo que valen son las buganvilias, la pluma, las clemátides. Yo quisiera describir España como lo hacía Donoso, pero este cronista sufre de los mismos síntomas que que el hablante de un poema del Chico Figueroa, el gran Héctor para los amigos:
¡MEA CULPA, MEA CULPA, MEA GRAVÍSIMA CULPA!
Todavía no poeta, no soy poeta; no hay poeta, pues de
eso no se sabe. Hasta ahora, pues, sólo sobrevivimos.
Macedonio Fernández
Reconocer no sé el canto de los pajaritos,
el aleteo en el cielo de una alondra o un zorzal.
Como un balde sin niño (que abandonado con su respectiva pala
yace a orillas de una playa anochecida y lunar)
quisiera concentrarme en un árbol, describirlo.
Se critica la falta de sensualidad del hablante en mis poemas.
Dicen que faltan bosques, plantas y flores
y mejor ni hablar del carísimo tema del amor.
No sé la diferencia que existe entre una cala o un gladiolo,
entre un nomeolvides y un ciprés, entre un boldo o un jazmín, etc, etc.
Las reconozco sólo como nombres, palabras que aparecen en poemas o novelas,
ecos, significantes sin imagen para mi ojo inmaduro. Por sobre todo
abunda la palabra seto en muchas novelas que he leído, ej:
"El señor Bloom avanzó junto a un seto sin ser observado...".
Falto de R.A.E o Moliner-diccionarios que sencillamente no tengo-
y pobre de idiolecto, hasta el día de hoy
siempre imaginé que el seto era una planta
sin saber que en realidad es un cercado hecho de palos o varas entretejidas.
Helecho es que pareciera que no sé describir otra cosa que no sea mi ombligo;
como si el centro del universo partiera de mi barriga cervecera
maréome con el canto etílico del yo-yo.
Lo peor de todo: tampoco sé contar chistes.
................. Definitivamente, poco dado a la voluptuosidad
este hablante no describe sublimaciones interiores;
falto de trino, cojo de espíritu, sin fantasía
tampoco mitiga la miseria humana
transportándola momentáneamente hacia otro lugar.
Adolezco de las mismas culpas que la voz de este poema, aunque él resuelva el tema con maestría y haga de la carencia su virtud. Sin embargo esos paisajes manchegos llenos de molinos de viento y su referencia quijotesca de rigor, estaban ahí, eran ineludibles como antes habíamos pasado por Despeñaperros y la buena educación indicaba sacar las fotos que sacamos, como al llegar a Valencia era imposible no pasearse por el Palau de les Arts Reina Sofía, ese edificio ideado por Santiago Calatrava, que dicho sea de paso, le costó millones de millones de dólares al Ayuntamiento y que todavía tienen que pagar.
Aunque nuestro destino no era Valencia sino Manises, ese pueblo a cinco minutos de la gran urbe que está unido a ella y sin embargo pareciera mantenerse aparte. En ese matrimonio a medias que sobrelleva con Valencia, Manises ha sabido guardar, aunque no sabemos hasta cuando, un sabor local emparentado con las fábricas de cerámicas y el uso que hacen o hicieron de ellas en la construcción de las casas del pueblo. Desperdigadas por este municipio que a veces parece un barrio más de Valencia (y a veces no), se ven aquí y allá hogares que tienen sus umbrales exornados por esas baldosas que parecieran únicas de Manises.
Es una delicia caminar por sus callejuelas y toparse con estos portales. Y por si esta foto no fuera suficiente, tal vez la exagerada belleza de la siguiente sea la prueba fehaciente de la veracidad de mis argumentos:

Si es cierto que España recibe al viajero con toda la prepotencia patrimonial de su tradición, también es cierto que uno tiene la oportunidad de leerla como uno quiera, de aceptar esto y estotro y dejarse llevar por los matices y la heterodoxia de esa España con el corazón partío (perdón, perdón): la que ha sido peregrina, pobre, anticlerical y democrática. En Chile, o por lo menos en el Chile de mi infancia, español era sinónimo de bruto y/o panadero, por lo general los dos juntos. Esto que no pasa de ser uno de esos prejuicios con los que uno tiene que cargar de por vida, tal vez sea lo que más rápido se desmiente cuando uno se saca la venda de los ojos y se atreve a mirar de nuevo por primera vez. Así fue, entonces, como Pedro Montealegre y Manuel Gutiérrez Liébana, Manu y Pedro de ahora en adelante, nos enseñaron a mirar este territorio original para nosotros. El que está y el que no está en las guías turísticas, al que uno va con los amigos, con los amantes, con todo el mundo. Pasamos de la Librería Primado a zonas típicas, del Mercado de la ciudad a tomar agua de Valencia, su horchata y todo lo que se pudiera, leímos con Rocío Cerón y caminamos por todas partes, conocimos a Arturo Borra y Víktor Gómez y Laura Giordani y Miguel Morata: la felicidad como si fuera posible. No es sólo por buena crianza, pero confieso que se disfrutaba más de la compañía que de las bebidas. No por los bebestibles en sí, sino porque España fue de principio a fin un regalo inmerecido, pese a que ninguno de los presentes pudiera ni quisiera ignorar la crisis actual que tiene sumida a la península en las garras de las mediciones de riesgo y la dictadura del euro. Pocos anfitriones, sin embargo, tan generosos y dedicados: así que Manu, Pedro, desde aquí y en público paso a darles las gracias como si fuera una deuda que guardamos con ustedes. Que lo es. Les debemos, cuando menos, dos cosas : Valencia y el cariño (recuerden que el Che no rehuía la ternura). En la foto que abre este post, la guapa del medio es doña Damaris, con un vestido "extraviado" en Cuba. Por último, valga decir que toda esta España fue posible gracias a Yolanda Alpízar Acosta y Mary Olivares, madres, abuelas, suegras e incomparables.














